Dante meditando las palabras de Francesca. Joseph Noel Paton (1881-1901)
Errantes e impelidas por el viento vagan las almas en el
segundo círculo del infierno. Allí encuentra Dante a Francesca de Rímini que cuenta
al poeta la conmovedora narración de su desgracia al haber abandonado la vida,
junto a su amante Paolo, hermano de su marido, a manos del esposo burlado.
Dante siente una gran compasión por las atormentadas almas
que allí se encuentran, pues todas ellas sufren el tremendo dolor de haber sido la
causa, por amor, de teñir de sangre el mundo.
Allí, entre otros, se encuentran Helena y Paris, causantes
de la cruenta guerra de Troya. También está Aquiles quien por amor a Briseida
volvió al combate causando la muerte al gran príncipe Héctor que nunca quiso la
contienda.
También está en ese círculo infernal Cleopatra, y Dido, reina de Cartago,
a quien la pasión amorosa hizo que se prendara de un hermoso cuerpo, lo cual
acabó llevándola al suicidio y a quebrantar la promesa hecha a las cenizas de
su esposo, el sacerdote Siqueo.
Apesadumbrado el poeta por el sufrimiento que padecen aquellas
almas se detiene ante Francesca quien, con tremenda congoja, agradece al poeta su
compasión e interés por todos los que allí purgan con el dolor el haberse visto arrastrados
por su pasión amorosa. La sombra de Francesca cuenta al poeta, mezclando el llanto a
las palabras, de qué modo cayó en las redes del amor
Fue un día en el que estaban ella y Paolo leyendo, por
entretenimiento, las aventuras de amor entre Lancelot y Ginebra:
“aquella
lectura –explica Francesca- hizo que nuestros ojos se buscaran muchas veces y
que palideciera nuestro semblante; mas un solo pasaje fue el que decidió de
nosotros. Cuando leímos que la deseada sonrisa de la amada fue interrumpida por
un beso tembloroso en la boca: el libro y quien lo escribió fue para nosotros
otro Galehaut [intermediario en los amoríos entre Lancelot y Ginebra]; aquel
día ya no leímos más”.
Tras escuchar el relato rememorando aquel momento feliz que
les había llevado a la miseria, Dante siente tal sobrecogimiento que cae
desvanecido. Así lo cuenta el poeta:
“Mientras un alma decía esto, la otra lloraba de tal modo
que, vencido por la piedad, me sentí desfallecer y caí como cae un cuerpo
muerto”
.Mª Angeles Díaz
Episodio relatado en el canto V de la Divina Comedia
Francesca de Rimini y Paolo Malatesta. Jan Bogaerts (1878-1962)
"La palmera
aguanta el peso y se levanta en arco Y cuanto
más se la tensa más levanta la carga. Lleva
perfumadas bayas, dulces golosinas, que son
tenidas en los banquetes como primer
regalo. Ve niño, y
subiéndote a las ramas, cógelas Quien se
mantiene constante en su propósito, obtendrá un
merecido premio a su voluntad”.
Ilustrar
una idea mediante una imagen, un animal, una planta, etc., es una cuestión que
podemos muy bien situar, como punto de partida, en los jeroglíficos egipcios, y
más concretamente en la revelación de su significado a partir de la explicación
que de ellos hizo Horapolo del Nilo, el último sacerdote del templo de Isis,
que lo dejó escrito en un manuscrito conservado durante siglos en Andros, una
pequeña isla de las Cícladas, en el mar Egeo.
Este
hallazgo, apenas inadvertido, entregado por el cartógrafo Buondelmonte a
Marsilio Ficino para su estudio, ha sido transcendental para nuestra cultura
dado que fue la base para que el francés Champollión pudiera descifrar la
Piedra de Rosetta y con ello los jeroglíficos egipcios.
Para los
hermetistas del Renacimiento el manuscrito de Horapolo dando a conocer lo que
los sacerdotes egipcios transmitían con imágenes, fue de una gran enseñanza
dado que les inspiró una manera de comunicar incluso lo incomunicable, pues
obtuvieron las claves para la creación de un metalenguaje capaz de leer las señales del Cosmos entero y aplicarlas a los conocimientos de
la alquimia humana.
Andrea
Alciato (1492-1550) y Michael Maier (1568-1622) son dos excelentes ejemplos, pues
ambos crearon muchos emblemas mediante ese metalenguaje alquímico que rompe
cualquier barrera idiomática y que por lo tanto porta toda la fuerza de
transmisión de un mensaje directo al alma de cualquier persona que penetre en ellos.
La
“emblemática alquímica”, como forma de lenguaje, despierta la inteligencia y
muestra, a través de la analogía, las ideas-fuerza y los arquetipos que operan
en nuestra conciencia del mismo modo que lo hacen en los metales, minerales,
las plantas o los animales.
Es por
ello que la emblemática alquímica forma parte del proceso de la iniciación para
quienes están realizando un viaje interior y han penetrado, por propia
decisión, en la caverna-matriz de su corazón con la resuelta intención de
engendrarse a sí mismos.
Por
consiguiente la ciencia en la que se basan los emblemas alquímicos es, para quienes
desean fervientemente conocer la naturaleza de su propia alma y buscan la
verdad de su ser, un medio que les permite gozar de una perspectiva del mundo amplificada, por elevación, lo cual puede ser equiparado, efectivamente, a un “nuevo
nacimiento”, pues no otra cosa es la iniciación a los misterios sino una
oportunidad de encontrar una manera casi mágica de descubrir el mundo a través
de los símbolos, que serán la guía y el
modelo que se reflejará en nuestro pensamiento y en las acciones y hechos de
nuestra vida cotidiana.
La
enseñanza del emblema de Alciato que hemos seleccionado es la de una palmera
fénix a una de cuyas ramas permanece agarrado un personaje que, por efecto de la
reacción, dureza y elasticidad de dicha palma, unido y su perseverancia en mantenerse
asido a ella, es naturalmente elevado. La interpretación de este emblema hace
de la palmera-fénix un símbolo de la propia Tradición espiritual, capaz de
elevar al ser humano que persevera y se aferra a ella para desentrañar su simbólica
con el propósito de alcanzar a conocer sus propios estados superiores. Pues,
como es sabido, conocer es ser. Mª Ángeles Díaz
***
Ilustración: "Serie Teatro Hermético de la Memoria" Nº 69 y 5. Inspirada en el Teatro de la Memoria de Federico González Frías, del que
formamos parte.
Si tuviésemos que señalar un espacio concreto y un entorno
intelectual-espiritual de nuestra Geografía, algo así como la cuna donde
nacieron los principios que conformaron nuestro universo, o nuestra forma de
ver occidental (con los claroscuros que al final han dado paso a este mundo
moderno que hoy vive su declive) ese espacio seria villa Careggi, a las afueras
de Florencia.
Dicha villa, propiedad de Cosme de Medici para ser sede de
la Academia platónica dirigida por Ficino, se constituyó en el último gran
bastión cultural que consiguió dar un impulso renovador al mundo de la mano del
hermetismo renacentista.
Estas con algunas imágenes de la villa Careggi, lugar a
cuyas puertas Francesco Bandini, en calidad de anfitrión, recibió, después de
1.200 años, a los nueve invitados al Banquete platónico con el que se restituyó
un rito ancestral que había estado en vigor, y realizándose periódicamente por
los platónicos, hasta los tiempos de Plotino y Porfirio.
Luigi Mussini en 1862 reproduce este pasaje del "De
Amore" de Ficino, donde aparecen Lorenzo el Magnífico y varios personajes
de la Academia celebrando el cumpleaños de Platón.
En una ocasión el joven Giovanni Cavalcanti le escribe a Marsilio Ficino acerca de
un compañero de estudios llamado Giovanni Guido, cuyas virtudes eran alabadas
por quienes le conocían y le trataban. Admiraban su gran facilidad
en la expresión y su enorme agudeza intelectual. Al parecer era tan hábil en la
argumentación que por semejanza se había ganado el sobrenombre de Carnéades, personaje
que, según se cuenta, poseía grandes dotes para encontrar razones con las que
rebatir cualquier propuesta, argumentació o idea, inclusive era capaz de
refutar por adelantado cualquier tesis [1].Giovanni pregunta a Ficino si esa forma de
proceder tiene algún mérito.
Giovanni, por contraponer a este "Carnéades", le refiere a Licurgo, legislador espartano, que sin hablar tan brillantemente puso en
práctica ciertas leyes que constituyeron una reforma de la sociedad espartana
basada en las indicaciones obtenidas a través del Oráculo de Delfos, a quien se
había dirigido en solicitud de consejo para promover en su patria el orden y la
concordia [2].
Esta es la respuesta de Ficino a las interrogaciones de Giovanni:
Me preguntas qué es más digno de
alabanza, ser como Carnéades o como Licurgo, Carnéades promovió la discordia
con sus argumentos, mientras que Licurgo la disipó. La inteligencia de
Carnéades fue, con más frecuencia, inútil que útil; en verdad raramente fue
útil a alguien, en algún lugar. La enseñanza de Licurgo siempre fue útil y
necesaria, en todas partes y para todos. Finalmente, del mismo modo que es
mejor vivir bien que hablar bien, y ser feliz que parecerlo, así el talento de
Licurgo es más excelente que el de Carnéades.
Y a
continuación le transcribe los versos que, según el relato de Herodoto, musitó
la pitonisa cuando Licurgo entró en el templo de Apolo en Delfos:
¡Oh! Licurgo, amado del celestial Zeus y
de todos los dioses que visitan nuestro suntuoso templo, no sé si declarar que
eres hombre o dios. Pienso que eres más bien un dios, Licurgo.
[1] Carnéades era un hábil sofista y académico. Sofista
era el nombre que los platónicos daban a los demagogos, hábiles en la argumentación
y dispersos en el fondo de sus discursos.
[2]Dichas leyes dieron un periodo de gran prosperidad
a Esparta. De Licurgo hablan historiadores como Herodoto, Jenofonte y Plutarco.
Se le atribuye el pensamiento de que "Lo importante de las leyes no es que
sean buenas o malas, sino que sean coherentes. Solo así servirán a su
propósito".
Mª Ángeles Díaz. Fragmento de mi libro: Los Corresponsales de Marsilio Ficino...
Existe una tradición pictórica de representación de la
última cena de Cristo con sus discípulos.
Al principio las pinturas se nos muestran austeras, como
literales, extrayendo con los pinceles lo más concreto del relato evangélico
donde se escenifica a Jesús rodeado de sus discípulos y señalando directamente
al traidor, a Judas. Algunos pintores incluso han resaltado en sus pinturas a
esta figura antagónica sentándola enfrente de todos ellos, al otro lado de la mesa.
O bien dándole la espalda al Maestro Jesús.
El realismo también llegó a esta tradición pictórica y
entonces se representó a los apóstoles reunidos en torno a la mesa, colocados a
ambos lados de ella.
También se añadieron elementos, como la mesa puesta con los utensilios para la cena, o personajes que no están en el relato evangélico, santos, fundadores de ciertas órdenes, criados y hasta reyes.
Algunos artistas florentinos añadieron a la escena una arquitectura y perspectiva centrando sus obras en destacar la institución de la Eucaristía, o comunión de los apóstoles.
Y si bien es cierto que Leonardo sigue la estela de esa
tradición de pintores florentinos en su representación de "La Última Cena", también es cierto que a
todos superó en cuanto a la tensión dramática que consiguió imprimir al acto,
acorde con el relato evangélico que se estaba ejemplificando. A.M.A.D.
Bernardo Bembo, seguidor
de la poesía de Dante y de "Los Fieles de Amor" es, de algún modo, el
que inició la restitución del poeta florentino al lugar de honor que por su
exilio en Rávena nunca debió perder en Florencia.
Bernardo, a decir de Cristóforo Landino, miembro como él de la academia platónica florentina, no
solo escribió versos que no pueden ser distinguidos de los del propio Dante, sino que también tuvo a su Beatriz; se llamaba Ginevra, un nombre
que a Bernardo le evocaba, por su simbolismo sonoro, al enebro.
Es por ello por lo que
cuando pidió a Leonardo da Vinci que pintara para él un retrato de esta dama, en él
aparezcan varios enebros de fondo. Y es que si algo caracterizó el espíritu de
los “Fieles de Amor” fue, precisamente, el amor hacia el ideal que representaba
la dama, siempre identificada con la imagen simbólica de la Sabiduría y la
Belleza interior del alma.
En el reverso del cuadro Leonardo pintó la insignia de Bernardo: una rama de laurel y otra de palma abrazando en el centro un enebro y, enlazandolo todo el lema de Bernardo en latín que dice: VirtutemForma Decorat. (La belleza orna la virtud), pues como para Platón "la Belleza es el esplendor de lo verdadero".
Perséfone 🌺, la amada hija de la diosa Deméter 🌾, fue llevada por Hades a su reino, el Inframundo.
Como consecuencia, Deméter, diosa que provee fecundidad a la tierra, cae en una desesperada y profunda tristeza que se traduce en el fin de toda vida vegetal sobre el manto terrestre.
Ante el peligro que esta esterilidad se vuelva definitiva, Zeus, rey de todos los dioses, determina que Perséfone pasará una parte del año con su esposo, y la otra con su madre.
Por eso hay épocas del año en que las semillas permanecen bajo tierra como si no tuvieran vida, y épocas en que de ellas brota la belleza exuberante del mundo vegetal 🌱🌾🌷🌴, y con ella, se dota de vida a todo ser viviente.
La imagen (cuyo autor desconozco) que acompaña este texto, captura el momento exacto en que la ya diosa del Averno, Perséfone, contempla extasiada el fruto de la granada que le ha ofrecido su esposo con el fin de asegurar su vuelta una vez al año a su reino. Cosa que ocurre cuando ésta toma un bocado.
Este fruto representa a la vez la vida y la muerte, porque:
- al estar henchido de semillas, simboliza esa dualidad de las simientes: enterradas bajo tierra, parecen muertas, pero atesoran toda la vida en su seno.
- su sorprendente belleza interior, cual piedra preciosa, simboliza los tesoros del mundo subterráneo 💎, del corazón de la Tierra, solo al alcance de quien reciba el don de llegar a él, muriendo y volviendo a renacer 🌱.
🤍 Esta página pretende ser un homenaje a esa Belleza interior (que todos atesoramos, como imagen que somos del Cosmos), a través de piezas hechas a mano con conciencia y Amor.
💎 Encontrarás sobre todo MINERALES, esos regalos tan preciados, y tan preciosos, que salen directamente de las entrañas de la Tierra. Que con esfuerzo, con pico y pala, ⛏️ se arrancan y son llevados a la superficie. Imposible no pensar en el duro trabajo del camino del Conocimiento, ese bajar a los Infiernos para renacer, renovado.
🧶 También encontrarás lana, hilo, y quién sabe qué más. Todo lo que nos permita transitar el camino de la creación artesanal con alegría y gozo.
📖 Y, por supuesto, habrá reflexiones para no perder de vista el foco que da origen a esta aventura.
Este santuario posee una gran espiritualidad ligada, desde muy antiguo, a su enclave geográfico, pues se corresponde con un viejo santuario etrusco en lo alto de un cerro donde se daba culto a una deidad femenina. Posteriormente, en el siglo XI, en dicho lugar de culto y de peregrinaje se decidió construir una iglesia dedicada a Santa María, que es la que aparece en este grabado que lleva el escudo de los Medici, grandes devotos de Santa María. En él se ve una enorme procesión de fieles.
Fue durante las excavaciones de dichas obras cuando apareció un magnífico icono con la imagen de una Madonna y el Niño, ambos con evidentes rasgos bizantinos. Se dijo entonces que la imagen había sido pintada por el apóstol San Lucas y que San Rómulo, primer obispo de Fiésole, la llevó desde Oriente a la Toscana. Desde el momento del hallazgo la bella imagen se convirtió en un milagroso talismán que se procesionó desde Impruneta a Florencia protegiendo, dicen, de muchas adversidades a todo ese territorio de la Toscana.
Más tarde, tras el bombardeo de 1944, el santuario de Santa Maria de Impruneta quedó destruido y posteriormente restaurado al estilo renacentista, tal y como se muestra en este otro grabado. En él se distingue su gran campanario almenado y su alta torre construida en el siglo XIII, y asimismo los cinco amplios arcos coronados por ventanas rectangulares. Quedan en el conjunto, no obstante, construcciones medievales. Por otro lado, durante los trabajos de esta restauración se pudo determinar el plano del antiguo edificio románico, que señala que estaba dividido en una nave con dos laterales, tres ábsides semicirculares y una cripta subterránea.
Santa María Impruneta en la actualidad (Wikipedia)
Para hablar con propiedad del Carnaval, lo primero que
debemos saber es que no podemos pensar en una fiesta concreta que responda a un
solo patrón, sino que es necesario que sepamos que dentro de las fiestas
carnavalescas se encuentran huellas de distintas celebraciones, religiones y
creencias. Manifestaciones todas ellas destinadas a señalar el final y
principio del ciclo anual. En nuestro calendario, el periodo concreto para
celebrar los festejos carnavaleros va desde Navidad al Miércoles de Ceniza,
aunque se concrete o se sintetice en los tres días anteriores, incluyendo el
propio miércoles.
En realidad, y siendo mucho más precisos, debemos decir que
las fiestas carnavalescas esconden bajo su manto, o bajo sus mascaradas, un
sinfín de antiguos cultos y que son algo así como un arca de mitos y leyendas
ancestrales que han subsistido en ese espacio del calendario destinado a acoger
ciertas fiestas libres de normas. No deja de ser irónico, y si nos fijamos es algo que
define muy bien a la sociedad actual, que lo único que perdure de la memoria de
antiguas tradiciones sapienciales sean sus parodias. La gente en realidad lo
que hace a través del folklore, es sostener unos símbolos que no comprenden,
pero que conservan y en alguna medida mantienen despierto el interés por ellos,
dando así la oportunidad para que algunos intenten rescatar lo verdaderamente
valioso que hay en esas huellas simbólicas. Aunque debemos reconocer que cada
vez cobran más valor las palabras de Caro Baroja (quien mejor ha estudiado y
recopilado en España sobre las fiestas de Carnaval), al decir que la mayoría de
los festejos se quedan siempre en una “simple diversión
El Carnaval representa un periodo que está fuera del orden,
una fiesta (o una cualificación del tiempo), creada conscientemente para abolir
el orden establecido, y de ese modo liberar lastre, o sea, que se trata de
crear las condiciones propicias para poder dejar atrás aquellos
condicionamientos que nos hemos fijado en nuestra psiqué y que nada tienen que
ver con nuestra verdadera naturaleza. Ese caos al que se vuelve cíclicamente
es, desde el punto de vista del viaje iniciático, un paso ineludible en el
camino del Conocimiento. En la Cábala, es decir, en el esoterismo
judeocristiano, se le llama plano de Yetsirah, en el que se dice que uno debe
perderse para encontrarse. Se trata de la necesidad de volver al caos
primigenio, o lo que es lo mismo, de la posibilidad de renacer a un nuevo y
superior estado de conciencia. Ese punto de vista sobre las cosas es el que
hace que una fiesta folklórica y profana se convierta en un símbolo sagrado, y
revelador para aquel que logra despertar su significado, aunque éste pueda
seguir siendo totalmente desconocido incluso para quien participa de tales
festejos.
Por otra parte, eso ha sido siempre así; me refiero a que no
todos, en una sociedad tradicional, han tenido totalmente claro qué fuerzas o
qué ideas-fuerza se estaban invocando en cada fiesta ritual, y siempre hubieron
iniciados que las celebraban de un modo y el resto de la comunidad que hacía de
ellas otra lectura y asociaciones particulares, muchas veces reflejadas en el
costumbrismo y las leyendas locales. En cualquier caso, lo que conviene saber
es que las sociedades tradicionales de todos los tiempos han considerado
imprescindible contar con un poder espiritual que mantuviera un eje entre los distintos planos de la realidad, para ayudar a
compensar la tendencia del hombre caído a descender a sus estados inferiores.
Aquéllos ligados con su parte animal.
En Occidente, ese poder de invocación de
la luz inteligente ha permanecido en manos de distintas organizaciones
iniciáticas, cuya testificación está en una larga cadena de nombres, entre los
que se encuentran filósofos, hombres de ciencia, astrónomos, artistas, así como
también algunos hombres de Iglesia, como el cardenal Nicolás de Cusa, impulsor,
junto a Marsilio Ficino y otros afines, de ese gran movimiento cultural que se
dio en la época del Renacimiento, llamado así precisamente por ese renacer.
El Carnaval representa un tiempo destinado a los ritos de
purificación, y por lo tanto un espacio donde lo grotesco y la fealdad son
exaltados. Esa es la razón de que sea tan característico de los carnavales
resaltar todo aquello que exprese inversión de roles, cambio de papeles, de
sexo, de identidad. Desde el punto de vista simbólico, se trata de un espacio
creado para que lo invertido y oscuro que llevamos dentro salga a la luz, se
exprese y concluya así su ciclo. De ese modo, tras su muerte, se consigue que
estas influencias dejen de constituir un impedimento a la posibilidad de
alcanzar un nuevo renacer. Dicho de otro modo, un tiempo destinado a que las
bajas pasiones y las tendencias inferiores se manifiesten y puedan así vivir su
existencia y agotarse antes de que inicie el ciclo nuevo, siendo eso
precisamente lo que da sentido a tales festejos.
“Se trata -dice Guénon- de ‘canalizar’ de alguna forma esas
tendencias y hacerlas lo más inofensivas posibles dándoles ocasión de
manifestarse, pero solo durante periodos muy breves y en circunstancias bien
determinadas, y asignando además a esa manifestación límites estrictos que no
se le permite sobrepasar. Si no fuera así, esas mismas tendencias, faltas del
mínimo de satisfacción exigido por el estado actual de la humanidad,
arriesgarían producir una explosión, si así puede decirse, y extender sus
efectos a la existencia entera, tanto colectiva como individual, causando un
desorden muchísimo más grave que el que se produce únicamente durante algunos
días expresamente reservados a ese fin, y además tanto menos temible cuanto que
se encuentra por eso mismo como ‘regularizado’, pues, por una parte, esos días
están como puestos fuera del curso normal de las cosas, de modo que no ejerza
sobre este ningún influjo apreciable, y empero, por otra parte, el hecho de que
no haya nada de imprevisto ‘normaliza’ en cierto modo el desorden mismo y lo
integra en el orden total”.
Sin embargo, en este sentido, podemos añadir con este
autor que dado que vivimos ya en un eterno Carnaval, estas fiestas han perdido
su razón de ser, y como decíamos no van más allá de un simple divertimento. Mª Ángeles Díaz
Este texto es un fragmento de nuestra conferencia pronunciada en el Centro de Estudios de Símbología de Barcelona, entidad fundada por Federico González, y posteriormente publicada en la revista Symbolos por el propio Federico. En la actualidad se encuentra en la página Dos de Enero (Temas de Symbolos) y en formato vídeo en la cadena La Memoria de Calíope, de la Biblioteca Hermetica.com
Seguimos descubriendo el periodo medieval, y más concretamente el movimiento trovadoresco que se dió en las llamadas Cortes de Amor con Leonor de Aquitania, reina de trovadores y trobairitz.
Un movimiento que, con una gracia inusual, rescató para nuestra época los valores de una cultura que estaba en plena decadencia para imbricarlos en la cultura emergente de un nuevo ciclo.
A los autores ya nombrados, como René Guénon (Esoterismo Cristiano) o Joseph Campbell (La Historia del Grial), queremos añadir ahora a Julius Evola (El simbolismo del Grial) pues cada unos de ellos aportan datos suficientes para que podamos reconstruir todo lo que ese movimiento de las Cortes de Amor significó y significa para todos aquellos que entienden esos valores como un patrimonio del que son legatarios, pues hay herencias que no se reclaman por desconocerse que son bienes que en verdad les pertenecen.
Las Cortes de Amor de las trobairitz tuvieron sus tribunales, sus
reglamentos y sus deberes. Para las Órdenes de Caballería, donde estos tribunales
estaban insertados, y para aquellos que son recipiendarios de los valores iniciáticos de una Tradición,
no hay otra cosa que deberes, nunca derechos, los derechos nacen en las
sociedades que se infantilizan y hacen caso omiso a sus responsabilidades (véase
el caso de los landmarkso antiguos deberes de la Masonería, recipiendaria de
los valores de la Caballería espiritual).
El tema actual es el libro de André el Capellán (Libro del Amor Cortés) donde este autor medieval recoge el reglamento en el que se basaron los tribunales que dirigieron Leonor de Aquitania y las damas del Grial para ordenar su tiempo, todo ello en base a las normas dictadas por Amor.
En él se dice que son treinta y una las reglas que de viva
voz fueron prescritas por el mismo rey Amor, y puestas por escrito con el mandato
de que fueran entregadas a todos los amantes.
Dichas reglas, inscritas en el ciclo del Grial, y recogidas,
según llevamos dicho, en el siglo XII por André el Capellán en el ámbito de la
Corte de Aquitania, se custodiaban en el palacio del Rey Arturo en una percha
de oro, junto a un halcón, hasta que un día fueron conquistadas por un joven
caballero bretón cuyo afán era hacerse merecedor del amor de una hermosa
doncella de la que se había enamorado. Fue otra bella dama, a la que
casualmente encontró cabalgando en el bosque, la que dio al bretón los consejos
y las claves para vencer los grandes y peligrosos obstáculos con los que se
habría de encontrar en el camino hasta culminar exitosamente su aventura
heroica. Conseguir el halcón y el manuscrito con dichas reglas.
Los consejos de la dama misteriosa, los cumplió el
bretón a rajatabla, y de ahí que pronto se le viera de regreso con el halcón y
el manuscrito encontrándose nuevamente con la enigmática dama del bosque de la
que recibió un primer beso que repitió treinta veces. Tras la despedida el joven
reemprendió su camino hacia Bretaña, donde estudió dichas reglas tras lo cual
hizo entrega del halcón y el manuscrito a su amada para que fuera ella quien
tomara el deber de entregarlas a los amantes.
“Ella, reconociendo su plena fidelidad y dándose
cuenta de su arrojo y valentía, premió sus hazañas entregándole su amor. La
dama, cumpliendo con el deber adquirido hizo públicas dichas reglas del Amorante
una asamblea de numerosas damas y caballeros mandando a todos los amantes su
fiel cumplimiento por orden terminante del rey Amor. Toda la asamblea las
aceptó y prometió obedecerlas para no caer en el castigo de Amor. Asimismo,
todos los que estuvieron convocados en dicha asamblea, se llevaron las reglas
escritas y las difundieron por diversas partes del mundo a todos los amantes”.
Estas treinta y una reglas que el dios del Amor dictó
están, como es natural,acomodadas a una
época, pero en lo esencial siguen siendo actuales y algunas de ellas incluso
las podemos considerar más avanzadas, por ejemplo las que tratan el tema del
matrimonio, del compromiso, de los celos, de las causas que hacen que crezca o
disminuye el amor, de la edad a partir de la cual se está en condiciones de
amar, de que a nada sabe el amor cuando el amante lo consigue contra la
voluntad de la pareja, de que nadie puede amar si no es incitado por el amor,
de que el verdadero amante no quiere más abrazos que los de la persona que ama,
de que el amor no puede negar nada al amor, de que nada impide que dos hombres
amen a una mujer, ni que dos mujeres amen a un hombre…
De acuerdo a estas leyes, Leonor de Aquitania, su hija
María y el resto de damas de su corte, crearon un reglamento y unos tribunales
llamados de Amor, donde aplicarlo para dar a las personas que se sometían a sus
juicios, un veredicto que solventara sus conflictos cuando los propios
litigantes no eran capaces de hacerlo razón por la que pedían tal arbitrio.
André el Capellán recoge veintiuno de esos juicios, en
cinco de ellos la sentencia es emitida por María de Champaña; tres son
sentenciados por su madre, Leonor de Aquitania; tres más por Alix de Champaña,
cinco por la vizcondesa Ermengarda; dos más por la condesa de Flandes,
Elizabeth de Vermandot de Narbona y uno por la asamblea de Gascuña.
Sin embargo, no debemos pensar que por ser tribunales
femeninos estos se decantaban a favor de las mujeres, sino que buscaban en todo
momento un veredicto ajustado a las reglas y se sancionaba por igual a quien
las hubiera incumplido, teniendo gran peso el cómo se habían roto dichas reglas
y cual debía ser la justa y proporcionada sanción a tal deslealtad.
Como decíamos, los Tribunales de Amor existieron desde
el siglo XII al XIV en la Provenza y también en otros lugares, eran escenarios creados
expresamente para actuar de mediadores en conflictos y disputas entre hombres y
mujeres, siendo ellos mismos quienes elegían este modo de dirimir sus
diferencias, comprometiéndose ambos a acatar su veredicto.
Por nuestra parte, y a modo de ejemplo, reproducimos
tres de esos juicios y su sentencia:
PRIMER JUICIO, ACTÚA COMO JUEZA MARÍA DE CHAMPAÑA
El dictamen lo reclama cierto caballero, oficial de
palacio, quien expone ante el tribunal que amaba sin medida a su dama y
disfrutaba de sus abrazos, ella sin embargo no le amaba del mismo modo. Ante
esa situación él quiso romper la relación, pero ella temiendo perderlo se opone
a su voluntad.
El veredicto de María es el siguiente:
“Ciertamente es perversa la intención de una mujer que
exige ser amada, pero se niega a amar. No tiene sentido exigir a los demás sin
consideración algo que uno niega”.
SEGUNDO JUICIO, ACTÚAN COMO JUECES UNA ASAMBLEA DE
DAMAS
El caso que exige una resolución es el siguiente: Un
caballero divulgó torpemente las intimidades y secretos de su amor con cierta
dama. Todo el tribunal, militantes del ejército del amor, piden que se castigue
severísimamente semejante exceso, pues temen que el ejemplo de tal traición sea
motivo para que otros lo sigan. En consecuencia, la asamblea de damas, reunidas
en Gascuña, tomó por unanimidad la firme y definitiva resolución siguiente:
Que ese hombre perdiera toda esperanza de amor y
llevara en todas las cortes, tanto de damas como de caballeros, el estigma de
persona censurable y despreciable. Y si una mujer violara temerariamente las
resoluciones de estas damas, entregándole su amor, quedaría sometida para
siempre a la misma pena y, por tanto, sería tenida por una mujer deshonesta.
TERCER JUICIO, ACTÚA COMO JUEZA LA REINA LEONOR DE
AQUITANIA
Un caballero solicitó el amor de una dama, que esta se
negó rotundamente a concederle. El caballero, no obstante, le envió unos
regalos muy valiosos que ella aceptó complaciente. Después, sin embargo, se
mostró esquiva en el amor y su respuesta fue rechazarle de nuevo. El caballero
manifestó ante el tribunal sus quejas, creyendo que el aceptar los regalos era
expresión del amor, una esperanza que ahora le negaba sin motivo.
La reina Leonor respondió así:
“O la dama rechaza los regalos ofrecidos, o los
compensa con el favor del amor, si no tendrá que soportar pacientemente que se
la incluya en la compañía de las prostitutas”.
Seguimos en el medioevo en las cortes de Amor, con
Leonor de Aquitania y la gesta cultural de las damas del Grial, esto es, en ese
clima en el que dos grandes corrientes europeas se unen en un mismo río, la que
llega de Grecia y Roma y la que proviene del mundo celta y germano, época en la
que surge el prodigio del gótico creándose todas esas bellas catedrales.
Ese es el marco en el que nace la Caballería
espiritual y en ella el Caballero, un “loco” con una imperiosa necesidad de forjarse
un destino con las armas de su propia voluntad y entrega en pos de esa
obtención, motor que habrá de llevarle a vivir experiencias relacionadas con
esa libre y férrea elección de la que espera lograr el desarrollo íntegro de
sus propias posibilidades innatas. Un fin en el que, como nos dice Federico
González, “confluyen la Necesidad, la Voluntad y finalmente se obtiene por la
Providencia”.
Esa, y ninguna otra, es la finalidad de la Caballería
espiritual y que en el simbolismo constructivo se equipara al pulimiento de la
piedra bruta que cada uno de nosotros es cuando le falta formación, educación, conocimientos
y experiencia.
La época de la que hablamos es también la de las Cruzadas,
y ante la rudeza y belicosidad imperante entre la mayoría de los varones Leonor y sus amigos poetas y trovadores crearon un programa educativo que operaba como
un código de civilidad. Este, a base de un sistema de reglas de cortesía y
urbanidad o normas de conducta y comportamiento social, se constituyó en el
marco a partir del cual todos estos personajes crearon un tiempo nuevo.
El programa establecido en las denominadas cortes de
amor, estaba fundamentado en las leyes del Amor, una utopía cuyo guion épico
tenía a la dama, bella, culta, inteligente y virtuosa, como el centro al que
dirigir las acciones, de tal modo que todo caballero que se preciara de ello
estaba obligado a emprender únicamente aquellas hazañas que lo hicieran
merecedor de su conquista.
En toda esta literatura iniciática basada en el Amor y
la Dama, en tanto que símbolo de sabiduría, inteligencia e integridad, que
nutre a las Órdenes de Caballería, convergen dos corrientes tradicionales: una
procedente de Salomón (Cantar de los Cantares y Sabiduría), y otra de la
Filosofía clásica, fundamentalmente a través de Platón (Fedro y El Banquete), Ovidio
(El Arte de Amar), Marsilio Ficino (De
Amore), León Hebreo (Diálogos de Amor).
Son obras todas ellas que hablan de Amor como de una deidad
misteriosa cuyo espíritu se apodera de quien quiere, cuando quiere y como
quiere. Es por ese reconocimiento a ese dios que Platón, el gran maestro de
Occidente, nos dejó dicho que ninguna obra podía emprenderse si antes no se
hacía una invocación a esta poderosa omnipotencia, capaz, según añadió Dante,
de mover el sol y todas las demás estrellas.
Tan tierno y emocionante como es ver germinar una
semilla, es observar el rebrotar de los valores trascendentales de una
Tradición sapiencial, en este caso revestida de la atractiva trama artúrica y
de los Caballeros de la Tabla Redonda, ya que la construcción literaria que
crearon los trovadores, bardos y juglares medievales junto a las damas trovadoras
de la Corte de Aquitania vistió de una bellísima forma dicha Tradición
espiritual, en la cual el único y verdadero rey al que todos debían obediencia
no era otro que el dios Amor.
Tanto André el Capellán como Chrétien de Troyes son
dos autores clave en la transmisión de la doctrina tradicional. En este punto debemos
recordar lo que al respecto de este periodo, y de estos autores, refiere René
Guénon reconociendo que muy probablemente no todos los que escribieron sobre
estos temas, sin duda participantes en esta restauración, eran conscientes al
mismo nivel, pero lo cierto es que, de una u otra manera, todos cooperaron creando
el marco idóneo al que revistieron doctrinalmente con un decorado que cautivó a
ese siglo y cuya estela sigue iluminando las mentes de nuestros contemporáneos,
pues tanto las novelas de la saga artúrica y sus versiones teatrales y
cinematográficas siguen dando contenido a infinidad de proyectos que siguen
estimulando el ardor heroico de generaciones nuevas que reciben por primera vez
los valores de la Caballería espiritual.
André, capellán de Luis
VII de Francia, lo cual no significa que fuera sacerdote ya que capellán era un
título que poseían también los secretarios y cancilleres aunque ha pasado a ser conocido como André el Capellán el cual se encontraba en el entorno trovadoresco de María de Champaña, hija de Leonor y de
este rey, escribe un tratado sobre el Amor Cortés que es hoy en día todo un
documento convertido en eslabón de la verdadera doctrina tradicional, pues este
autor, junto a otros como Chrétien de Troyes, recogieron por escrito una
tradición oral a la que le dieron una forma grácil y particular uniendo de ese
modo su época medieval con la eternidad de los principios que se cobijan en el
seno de toda filiación verdadera con la Tradición universal.
De este tratado de Amor y de sus reglas aplicadas a las resoluciones
judiciales que estas damas acometieron en sus cortes de justicia, seguiremos
hablando en un próximo escrito.
La labor de Leonor de Aquitania junto a la su hija mayor, María de Champaña, y un selecto grupo de damas de la nobleza, tuvo para la posteridad cultural una gran repercusión al ocuparse de recoger por escrito las leyendas celtas del Santo Grial, la copa tallada en piedra esmeralda vinculada con el Cáliz cristiano, en ambos casos un símbolo del corazón de una Tradición y de uno mismo. Mitos y leyendas conocidos como "la materia de Bretaña" que contaban y cantaban los bardos y juglares que se acercaban a ellas y que estas fijaron en la letra ganándose Leonor el título de "reina de los trovadores".
La gesta de Leonor, de su hija María y del resto de compañeras y compañeros trovadores y escritores, como Chrétien de Troyes o André el Capellán, dió como fruto para la humanidad la recuperación de leyendas y valores ancestrales que estaban en plena decadencia, como es la tradición Celta, y revestirlos de la literatura caballeresca y de toda la saga del Grial que era a su vez el Cáliz cristiano, por lo que ambas fuentes tradicionales quedaron fundidas en su propia unidad esencial. Este fue el baluarte, o la ciudadela, en la que se adentraron los que se sintieron partícipes de esa visión contribuyendo a dar vigor a la propia Tradición, lo que permitió la continuidad de la cadena áurea de pensamiento, es decir, de la influencia espiritual emanada directamente de Dios mismo, esto es, de la Unidad.
Para nosotros, los contemporáneos, la gesta trovadoresca y educativa de la corte de Leonor de Aquitania, con sus tribunales de justicia, supone una conquista ejemplarizada en las Órdenes de Caballería cuyos antecedentes tienen su origen en la tradición druídica, de donde pasaron de forma regular al cristianismo que fue la tradición que los imbricó en las vivencias y aventuras del rey Arturo, antepasado de los bretones y de los Caballeros de la Tabla Redonda, de Lanzarote y Ginebra y por supuesto de Perceval, símbolo del iniciado.